272 Milgram
(Liderazgo)
La disciplina como virtud abstracta, conocer su reverso peligroso: los mecanismos psicológicos que permiten que una persona corriente, sin rasgos sádicos, llegue a ejecutar actos dañinos cuando una autoridad lo legitima.
Stanley Milgram, construye un laboratorio moral: una situación formal, graduada y aparentemente racional en la que el participante (“maestro”) cree aplicar descargas eléctricas crecientes a otro ser humano. La clave no es la violencia, sino la arquitectura de obediencia: el escenario transmite que el responsable es “el experto”, que la finalidad es superior (ciencia, orden, misión) y que detenerse supone fallar. En ese marco, la disciplina deja de ser autocontrol y se convierte en heterocontrol: el individuo cede su juicio, entra en lo que Milgram denomina “estado agente” y actúa como instrumento.
Una lección estratégica para cualquier organización que opere con jerarquía: la obediencia no es una garantía ética. Puede ser condición de eficacia, pero también puede facilitar la deriva si no existe un contrapeso moral e institucional. De ahí el valor del libro: ilumina cómo la responsabilidad se difumina (“yo solo cumplía órdenes”), cómo la presión escalonada normaliza lo inaceptable y cómo los rituales de autoridad (bata, lenguaje técnico, procedimientos) generan una apariencia de legitimidad.
Leído desde el liderazgo, nos obliga a replantear el concepto de disciplina: la verdadera disciplina no es obedecer siempre, sino obedecer con criterio, dentro de límites explícitos. Por eso el texto es, en el fondo, un manual de prudencia: advierte al mando de que su palabra crea realidad y de que, si no cuida el marco ético, puede empujar a subordinados bienintencionados a decisiones moralmente erróneas. Una lectura para comprender que la responsabilidad no se delega: se distribuye, pero nunca se evacúa. Es una obra imprescindible para formar líderes capaces de mandar sin abusar, y subordinados capaces de cumplir sin renunciar a su conciencia.


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